NUEVA YORK — El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, volvió a desafiar el consenso diplomático global con una declaración que resume su doctrina: «Mientras otros hablan, yo actúo». Fue en su discurso ante la Asamblea General de la ONU, donde defendió sin tapujos las operaciones militares y las sanciones económicas contra los regímenes de Irán y Venezuela, justo en el momento en que los líderes europeos pedían moderación y diálogo.
La declaración, recogida por la cadena CNN en su cobertura en vivo, no es un simple eslogan de campaña. Es la materialización de una filosofía que viene moldeando la política exterior estadounidense desde 2017: el multilateralismo solo sirve cuando no ata las manos de Washington. «Ningún país debería depender de la buena voluntad de otros para defender sus intereses», afirmó el mandatario, según reportó Reuters, en un claro recado a la burocracia de la ONU.
El contexto no podría ser más explosivo. En Irán, las sanciones económicas impuestas por la administración Trump han llevado la inflación a niveles históricos —superior al 40% anual, según datos del FMI— mientras el régimen de los ayatolás sigue financiando milicias en Oriente Medio. En Venezuela, el bloqueo económico y el reconocimiento de Juan Guaidó como presidente encargado no han logrado derrocar a Nicolás Maduro, pero han expuesto la fragilidad de una dictadura que sobrevive gracias al narcotráfico y al oro ilegal, como denunció la DEA en informes recientes.
Para el liberalismo de libre mercado, la postura de Trump representa una disyuntiva incómoda pero necesaria. Por un lado, el intervencionismo militar y las sanciones unilaterales contradicen el principio de no agresión y de soberanía nacional, caro a la Escuela Austriaca. Por otro, la negativa de los regímenes autoritarios a abrir sus economías y respetar los derechos de propiedad exige una respuesta firme, aunque sea desde el poder blando de las sanciones.
Lo que Trump propone, en la práctica, es una versión pragmática del «libertarianismo de fronteras»: el mundo no necesita más conferencias de paz, sino más acciones concretas contra los que violan los tratados internacionales. «La ONU se ha convertido en una cámara de eco donde los dictadores se sientan a aplaudir discursos vacíos», declaró el presidente, en un discurso filtrado por The New York Times, mientras su gobierno anunciaba nuevas sanciones contra el petróleo iraní y el liderazgo chavista.
La crítica no se hizo esperar. La Unión Europea emitió una nota oficial expresando «profunda preocupación por el unilateralismo estadounidense», y el portavoz del Ministerio de Exteriores ruso, en declaraciones a la agencia TASS, calificó el discurso como «una declaración de guerra económica contra el derecho internacional». Sin embargo, pocos recuerdan que los mismos críticos no tienen plan alternativo para frenar el programa nuclear iraní o la crisis humanitaria venezolana.
Aquí es donde la visión liberal cobra fuerza. En lugar de depender de la ONU, que ha demostrado su parálisis ante la falta de veto (recordemos que Rusia y China siempre protegen a sus aliados), Trump ha utilizado la palanca económica que el mercado ofrece. Las sanciones financieras contra el Banco Central de Venezuela, por ejemplo, han cortado el acceso del régimen a los dólares, mientras que las exportaciones de petróleo iraní han caído a mínimos históricos, según la Agencia Internacional de Energía.
El problema, claro, es que la acción unilateral tiene un costo. Las empresas europeas que operan en Irán han sufrido pérdidas millonarias por miedo a las sanciones secundarias de Washington, y los países latinoamericanos que dependen de la ayuda humanitaria venezolana han visto cómo la crisis migratoria se agrava. Pero, como argumentan los defensores de la línea dura, es un precio aceptable para evitar un Oriente Medio con armas nucleares o un narcoestado en el Caribe.
Para los liberales de la escuela austriaca, la verdadera solución no está en las bombas ni en los embargos, sino en la apertura comercial y el respeto a los contratos. Si Irán y Venezuela permitieran la inversión extranjera y privatizaran sus industrias petroleras, la prosperidad sería un hecho — y la necesidad de intervención militar desaparecería. Trump, aunque no lo diga explícitamente, parece entender esto: al imponer sanciones, está forzando a los regímenes a elegir entre el aislamiento o la reforma estructural.
La historia juzgará si su estrategia funciona. Pero una cosa es cierta: mientras los líderes europeos hablan de «soluciones diplomáticas» y los rusos se llenan la boca con «soberanía», Trump ha puesto el dedo en la llaga. Y en un mundo donde la ONU sigue sin reformarse, la acción unilateral se convierte en la única vía para frenar a los tiranos.
Por Renan Filho · 2026-09-22