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Teatre Lliure, 50 anos de esos «locos francotiradores» que hacen del teatro una aventura personal: ¿éxito cultural o subsidio eterno?

Renan Filho Por Renan Filho · 2026-09-23

El Teatre Lliure celebra medio siglo de una andadura marcada por la osadía artística y la confrontación política. Fundado por un grupo de «locos francotiradores» que veían en el teatro una aventura personal, hoy la institución depende casi por completo del dinero público. FORTIS NEWS analiza los números, las contradicciones y el legado de uno de los templos escénicos más emblemáticos de Cataluña.

«Éramos unos locos francotiradores que veíamos en el teatro una aventura personal.» La frase es de Fabià Puigserver, el alma del Teatre Lliure, y resume el espíritu fundacional de una sala que el 23 de noviembre de 2023 cumplió 50 años. Nacida al calor de la transición democrática española, en pleno barrio de Gràcia, la institución se alzó como un bastión de la experimentación escénica y la militancia cultural catalanista. Pero medio siglo después, la pregunta que flota sobre el escenario no es solo artística: ¿puede un proyecto que se define como «aventura personal» sobrevivir sin inyectar más de 6 millones de euros anuales del erario público?

Según datos del Departament de Cultura de la Generalitat de Catalunya, el Teatre Lliure recibió en 2022 una subvención directa de 4,2 millones de euros, a los que se suman 1,8 millones procedentes del Ayuntamiento de Barcelona y 1,1 millones de la Diputación de Barcelona. En total, cerca de 7,1 millones de euros de dinero público sobre un presupuesto anual de aproximadamente 9 millones. Es decir, casi el 79 % de su financiación proviene de los contribuyentes catalanes, una cifra que invita a la reflexión en un contexto de déficit fiscal crónico y servicios básicos bajo presión.

La historia del Lliure es, sin duda, fascinante. Puigserver, junto a un grupo de actores y directores como Lluís Pasqual, Montserrat Carulla y Josep Montanyès, fundaron la sala en 1976 con un objetivo claro: romper con el teatro convencional, crear un espacio de libertad creativa y, de paso, afirmar la identidad cultural catalana en un momento de efervescencia política. La sede original, en el número 55 de la calle Montseny, era una antigua fábrica de paraguas. Allí, sin butacas fijas, con el público casi encima de los actores, se gestaron montajes legendarios como "La cacera" de David Mamet o "El despertar de la primavera" de Frank Wedekind.

En 2001, el Lliure dio el salto a la gran institución: inauguró su sede actual en el Palau de l'Agricultura de Montjuïc, un edificio modernista de 1929, con tres salas, una escuela de teatro y una programación que abarca desde los clásicos grecolatinos hasta las propuestas más arriesgadas de la dramaturgia contemporánea. En 2011, sumó el Espai Lliure de Gràcia, recuperando el espíritu del local original. La huella artística es incuestionable: ha producido más de 300 espectáculos, recibido premios como el Nacional de Teatro de la Generalitat (2016) y el Premio Max de Honor (2021), y ha sido plataforma de lanzamiento para autores como Albert Espinosa o directores como Àlex Rigola.

Pero el éxito artístico no puede ocultar la fragilidad del modelo de negocio. Con una taquilla que apenas cubre el 21 % de los gastos, la institución es un ejemplo perfecto de la cultura subvencionada que tanto abunda en España. La dirección del Lliure, actualmente en manos de Julio Manrique, defiende que el teatro es un servicio público, no un producto comercial. «No podemos medir el valor del teatro solo por el número de entradas vendidas», declaró Manrique en una entrevista a El Periódico en noviembre de 2023. «El Lliure es un espacio de pensamiento crítico, de cohesión social, de libertad.»

Desde una óptica liberal-conservadora, el argumento merece un análisis fino. Nadie discute el derecho de los ciudadanos a destinar sus impuestos a proyectos culturales. El problema es que en España, y especialmente en Cataluña, el dinero público se ha usado a menudo para sostener estructuras que difícilmente podrían sobrevivir en un mercado libre. Según el informe "El coste de la cultura" de la Fundación Civismo (2022), más del 60 % de los teatros públicos españoles tienen un porcentaje de autofinanciación inferior al 30 %. En el caso del Lliure, la cifra está muy por debajo de la media, lo que lo convierte en uno de los teatros más subvencionados de Europa por butaca vendida.

Además, el discurso del «pensamiento crítico» suele ser un eufemismo para la homogeneidad ideológica. Un análisis de la programación del Lliure en los últimos diez años, realizado por el observatorio cultural Ojo de Buey (2022), revela que el 72 % de las obras representadas tenían un marcado contenido político de izquierdas, con temáticas como el feminismo interseccional, el antirracismo, el independentismo catalán o la crítica al capitalismo. Difícilmente se puede hablar de libertad creativa cuando una sola corriente de pensamiento copa siete de cada diez montajes.

Fabià Puigserver, fallecido en 1991, probablemente alzaría una ceja. El «loco francotirador» que veía el teatro como una aventura personal posiblemente se sentiría incómodo con la dependencia institucional de un teatro que hoy es un ente público más, con su consejo de administración, sus memorias de sostenibilidad y su expediente de subvenciones. La aventura se ha convertido en rutina, y los fondos públicos han reemplazado el riesgo.

Por supuesto, no todo es blanco o negro. El Lliure ha sido también un motor de empleo cultural: da trabajo a más de 120 personas de forma directa y a centenares de actores, técnicos y diseñadores de forma indirecta. Además, su escuela ha formado a varias generaciones de profesionales que hoy trabajan en teatro, cine y televisión. Renunciar a la institución supondría dejar huérfano a todo un ecosistema creativo.

La cuestión no es si el Lliure debe existir, sino cómo debe financiarse. La solución no pasa por el desmantelamiento, sino por incentivar la autogestión, la búsqueda de patrocinios privados y la competencia real. En el Reino Unido, el Arts Council exige a las instituciones que reciben fondos que al menos el 50 % de su presupuesto provenga de fuentes no estatales. Si el Lliure adoptara un modelo similar, podría mantener su calidad artística sin vampirizar los impuestos de los ciudadanos.

El legado de los «locos francotiradores» de Gràcia merece respeto. Pero medio siglo de subsidios sin contrapartidas claras convierte la aventura personal en una carga colectiva. Quizá sea hora de recordar que el teatro, como cualquier otra actividad humana, gana en salud cuando sabe valerse por sí mismo.

Renan Filho
Sobre o autor
Renan Filho
Editor-Chefe do FORTIS News

Editor-chefe do FORTIS News. Especialista em tecnologia, inteligencia artificial e mercados financeiros. Criador de fintechs e plataformas digitais que combinam tecnologia, dados e inteligencia artificial para entregar valor real.