Hubo un momento en la plaza de Las Ventas, durante la Feria de Otoño, en que el tiempo pareció detenerse. No fue por una decisión burocrática, ni por un acuerdo de despacho, sino por la voluntad firme de un hombre frente a un toro. Alejandro Talavante, el torero de Badajoz, volvió a demostrar que la excelencia no se decreta: se conquista con valor, temple y, sobre todo, con el alma que tantas veces falta en estos tiempos de corrección política y mediocridad institucional. Talavante puso el alma que les faltó a los toros, y no es una metáfora vacía, sino la descripción exacta de lo que ocurrió en el ruedo.
Los astados de la ganadería de Victorino Martín, bravos por casta pero desiguales en nobleza, exigieron al torero más que técnica: le exigieron entrega. Talavante respondió con una faena que los aficionados veteranos calificaron como “de las que marcan una temporada”. Pero lo relevante no es solo la estética del toreo —que la hubo, y sublime—, sino lo que representa en un contexto donde lo público se empeña en ahogar la iniciativa privada y el mérito individual bajo montañas de impuestos y regulaciones. Mientras el Gobierno central sigue engordando un Estado que no produce arte, sino papeleo, Talavante recordó que la grandeza nace del esfuerzo personal, no de la subvención.
¿Por qué importa esto? Porque la tauromaquia es uno de los pocos ámbitos donde todavía no se ha conseguido imponer completamente la lógica del igualitarismo ramplante y la gestión estatal ineficiente. Cada torero es un empresario de sí mismo, un autónomo que arriesga su integridad física y su capital sin esperar que un funcionario le resuelva la jugada. En la faena de Talavante hubo una lección de libre mercado puro: competencia abierta, responsabilidad individual, recompensa al mérito. Y el público, soberano en su decisión de pagar la entrada o quedarse en casa, premió con una oreja la apuesta por la calidad frente a la mediocridad subvencionada.
Análisis FORTIS: Lo ocurrido en la plaza no es un episodio aislado, sino un síntoma de algo más profundo. Mientras el Estado español se empeña en gravar hasta el último euro de la economía productiva —con tipos marginales en el IRPF que superan el 47% y un IVA que castiga el consumo cultural—, los creadores, artistas y empresarios auténticos tienen que sortear un laberinto fiscal para seguir siendo competitivos. La tauromaquia, además, soporta una presión regulatoria creciente: vetos en televisiones públicas, campañas ideológicas desde ayuntamientos gobernados por la izquierda, y una amenaza constante de subvenciones condicionadas que pretenden domesticar un arte esencialmente libre. Talavante toreó como lo hizo porque, durante esos minutos en la arena, no hubo ministerio que le marcara el compás. Fue pura soberanía individual.
Por supuesto, hay quien dirá que la tauromaquia debería estar prohibida, que es maltrato animal. Es una posición respetable en lo moral, pero que no resiste el análisis de la coherencia: los mismos que claman contra el toro de lidia suelen callar ante la agroindustria intensiva o la caza ilegal. La verdad factual, en este caso, es que la cría del toro bravo ha preservado ecosistemas enteros en la dehesa española —más de 500.000 hectáreas de alto valor ecológico— que de otro modo habrían sido urbanizadas o convertidas en monocultivos intensivos. Si la izquierda ecológica fuera honesta con los datos, apoyaría la tauromaquia como herramienta de conservación. No lo hace porque prefiere la narrativa emocional a la evidencia.
Contrapunto: No todo es perfecto en el toreo. Hay figuras que han banalizado el arte con pases tramposos o buscando la facilidad del toro manso. Talavante, sin embargo, se juega la vida de manera genuina, y eso merece respeto incluso de quien no comparta la afición. El debate sobre la tauromaquia es complejo, pero no debe liquidarse con prohibiciones administrativas ni con subvenciones clientelares. La solución liberal-conservadora es clara: libertad de asistencia, libertad de expresión artística y, por supuesto, que el contribuyente no pague ni un euro con sus impuestos para sostener espectáculos que no consume. Que cada cual decida con su bolsillo.
Talavante recordó anoche, en Las Ventas, que el ruedo sigue siendo uno de los últimos territorios donde el coraje no necesita permiso del Estado. Eso, en una España que cada vez produce más funcionarios y menos creadores, es una noticia esperanzadora. Porque mientras haya toreros dispuestos a poner el alma, habrá una llama que ni los impuestos ni las prohibiciones lograrán apagar. Y esa llama se llama libertad.
Por Renan Filho · 2026-09-25