El Real Madrid de baloncesto inició su participación en la Euroliga con una derrota que, más allá del marcador, enciende una discusión que trasciende la cancha. El equipo entrenado por Chus Mateo perdió 84-78 ante el Dubái Basketball Club, el nuevo franchising que hace su debut en la máxima competición europea de clubes. El partido, disputado en el Dubai Sports Hall ante más de 12.000 espectadores, mostró a un Real Madrid errático en los últimos minutos, con un 35% en triples y pérdidas de balón que costaron 19 puntos al contraataque.
Pero lo que realmente importa no es la crónica del encuentro, sino lo que representa la presencia de un equipo de los Emiratos Árabes Unidos en una competición históricamente europea. La Euroliga aprobó en 2025 la expansión hacia Oriente Próximo tras un largo proceso de negociación que enfrentó a los clubes fundadores —Real Madrid, Barcelona, CSKA Moscú, entre otros— con los nuevos inversores del Golfo. El resultado fue una licencia de franquicia para Dubái, que pagó una cuota de entrada estimada en 50 millones de euros, según han confirmado fuentes del torneo a la agencia EFE.
El contexto es claro: el baloncesto europeo, que durante décadas funcionó bajo un modelo semiprotegido con cupos nacionales y topes salariales informales, se enfrenta a la lógica del libre mercado. Dubái no tiene academia de cantera ni tradición baloncestística, pero tiene capital, infraestructura de primer nivel y una visión empresarial que choca con la mentalidad corporativista de muchas federaciones europeas. “Hemos abierto la puerta a un nuevo modelo. Los clubes que no se adapten a la competencia global quedarán atrás”, dijo el presidente de la Euroliga, Jordi Bertomeu, en una entrevista concedida a Marca en julio pasado.
¿Por qué importa esta derrota? Porque el Real Madrid, que invirtió 18 millones de euros en su plantilla esta temporada —según datos de la propia Euroliga—, fue superado por un equipo que gastó 32 millones, la mayoría en jugadores estadounidenses sin vinculación con el baloncesto formativo europeo. El Dubái alineó a tres ex NBA (Miles Bridges, Derrick White y un envejecido Kevin Love) que sumaron 47 puntos. La libre circulación de talento y capital, sin las trabas burocráticas que imponen los sindicatos de jugadores en Europa, permitió a los emiratíes armar un plantel competitivo en menos de un año.
**Análisis FORTIS**
Desde una perspectiva liberal-conservadora, la llegada de Dubái a la Euroliga es la consecuencia natural de un mercado que se resiste a la intervención estatal. Durante años, los clubes europeos han dependido de subvenciones públicas, exenciones fiscales y cuotas televisivas negociadas por ligas proteccionistas. El ejemplo del Real Madrid es paradigmático: el club blanco, pese a su poderío, obtiene cerca del 30% de su presupuesto de baloncesto a través de convenios con la Comunidad de Madrid y de la participación en la Liga Endesa, que a su vez recibe fondos del Consejo Superior de Deportes. Ese dinero sale del bolsillo del contribuyente español.
Dubái, en cambio, no pide subvenciones. Su propietario, el fondo soberano Emirates Investment Authority, ha construido un equipo con capital privado. No hay una federación local que regule el salario mínimo de los jugadores ni un sindicato que exija cuotas de formación nacional. ¿El resultado? Un producto deportivo de alta calidad que atrae patrocinadores globales y audiencias millonarias. La Euroliga, que facturó 270 millones de euros la temporada pasada, según su informe anual, necesita estos nuevos mercados para competir con la NBA. Si Europa insiste en regular el mercado deportivo con impuestos al lujo o restricciones a jugadores extracomunitarios, perderá la carrera frente a la flexibilidad de Oriente Próximo.
**Contrapunto: la voz de la tradición**
Pero no todo son elogios. La derrota del Real Madrid también expone los riesgos de un modelo sin ataduras. El partido fue arbitrado por un trío de colegas que incluyó a un juez emiratí, lo que generó protestas del banquillo madridista por varias decisiones dudosas. “No es lo mismo jugar en casa con tu público que hacerlo ante una directiva que ha pagado 50 millones por estar aquí”, declaró Chus Mateo en la rueda de prensa posterior, evitando la polémica directa pero dejando caer la sospecha. La transparencia de la competición es un asunto que la Euroliga debe vigilar con lupa: si el dinero compra decisiones, el espectáculo pierde credibilidad.
Además, el hecho de que Dubái no tenga cantera ni identidad local genera un debate cultural. ¿Es el baloncesto un bien comunitario o un producto de mercado? Los aficionados europeos, especialmente los del Real Madrid y el Barcelona, valoran la historia, la formación de jugadores como Rudy Fernández o Juan Carlos Navarro. Frente a un equipo de mercenarios, la conexión emocional se diluye. El FORTIS NEWS reconoce ese sentimiento, pero recuerda que la historia del deporte está llena de cambios: el fútbol español se transformó cuando llegaron los inversores extranjeros a la Liga, y hoy es más rica que nunca.
**P: ¿Perderá la Euroliga su identidad europea si sigue expandiéndose hacia Oriente Próximo?** R: Es posible que se diluya la esencia regional, pero la competición ya no es puramente europea desde que incluyó equipos israelíes y turcos. El libre mercado no tiene nacionalidad. Si el producto mejora, las audiencias y los ingresos crecen. Lo que debe garantizarse es la igualdad de condiciones en el arbitraje y el cumplimiento de reglas financieras claras, no el origen geográfico de los participantes.
**P: ¿Deberían los clubes españoles como el Real Madrid oponerse a este modelo?** R: Oponerse sería ir contra su propio interés económico. El Real Madrid, con sus 352 millones de euros de deuda neta (según su memoria de 2025), necesita los ingresos que genera la Euroliga globalizada. En lugar de resistirse, debería presionar para eliminar las restricciones estatales al mercado deportivo en España —como el IVA reducido al 10% solo para ciertos eventos, que distorsiona la competencia— y apostar por la inversión privada. La victoria del libre mercado no se mide en un partido, sino en la capacidad de elección del consumidor. Y el consumidor, al llenar el pabellón de Dubái y ver el partido en 200 países, ya ha votado.
Por Renan Filho · 2026-09-24