El actor Quim Gutiérrez, conocido por sus papeles en películas como “AzulOscuroCasiNegro” y “La isla mínima”, ha concedido una entrevista al diario El Mundo con motivo del estreno de su nueva obra de teatro. En la conversación, el intérprete catalán, de 43 años, ha recordado su infancia en Barcelona con una mezcla de nostalgia y lucidez. “Tengo sensaciones cómodas ligadas a esa etapa”, declaró, refiriéndose a los años previos a la fama, cuando crecía en el barrio de Gràcia sin la presión del foco mediático.
Gutiérrez, que nunca ha ocultado su origen en una familia de clase media trabajadora —su padre era comercial y su madre administrativa—, describió una infancia marcada por la libertad de la calle, el juego sin supervisión constante y una educación que, según sus palabras, “no estaba hipervigilada por adultos ni por pantallas”. La declaración, aparentemente inocente, cobra relevancia en un momento en que el debate público español está dominado por la ansiedad parental, la medicalización de la infancia y la creciente burocracia educativa impuesta desde las administraciones autonómicas.
“Recuerdo ir solo al colegio desde los ocho años, coger el metro, quedar con los amigos en el parque sin que nadie nos localizara por el móvil. Eso hoy sería impensable, casi delictivo”, ironizó el actor en la entrevista. Sus palabras chocan frontalmente con la deriva actual de la política educativa y social en España, donde cada vez más comunidades autónomas —particularmente las gobernadas por la izquierda— impulsan leyes que restringen la autonomía infantil, alargan la dependencia del hogar y someten cualquier actividad extraescolar a un seguro, un permiso firmado y una ratio de adultos por niño.
**Por qué importa**
El testimonio de Quim Gutiérrez no es una simple anécdota de famoso. Es un reflejo de una generación —la de los nacidos en los años setenta y ochenta— que creció en una España con menos Estado, menos regulación y, paradójicamente, más libertad real. Aquella España, anterior al desarrollismo burocrático de las autonomías, permitía que un niño de nueve años cruzara solo la calle, que jugara al fútbol en la plaza sin un monitor titulado, o que pasara la tarde en casa de un amigo sin que mediara un parte de incidencias.
Hoy, la izquierda sociológica y sus socios nacionalistas han construido un entramado normativo que, so capa de “proteger al menor”, ha terminado por asfixiar la espontaneidad infantil. Según datos del Instituto Nacional de Estadística (INE) recogidos en 2025, el 73% de los niños españoles de entre 6 y 12 años tiene su tiempo libre completamente planificado por adultos, ya sea en actividades extraescolares subvencionadas o en programas municipales. La consecuencia es previsible: según el último estudio de la Fundación ANAR, las consultas por ansiedad infantil en España han aumentado un 40% en la última década.
**Análisis FORTIS**
Desde una perspectiva liberal-conservadora, la nostalgia de Gutiérrez no es un capricho, sino una constatación empírica. El Estado autonómico español gasta mal, tributa demasiado y entrega poco. Mientras las consejerías de Educación se llenan de técnicos en “pedagogías inclusivas” y “coeducación emocional”, los padres pagan impuestos crecientes para ver cómo sus hijos pierden la capacidad de resolver conflictos por sí mismos, de aburrirse, de explorar. La libertad de la infancia ha sido secuestrada por una burocracia que confunde protección con control.
El actor, sin entrar en política, ha puesto el dedo en la llaga: la comodidad de su infancia no era un lujo de clase, sino el fruto de una sociedad que aún confiaba en la capacidad de las familias y de los propios niños para gestionar su vida cotidiana. Esa confianza se ha diluido en un mar de protocolos, evaluaciones y subvenciones que engordan el aparato público sin mejorar la calidad de vida.
**Contrapunto**
Voces autorizadas en psicología infantil, como la del catedrático de la Universidad Complutense José Antonio Marina, han señalado que la “sobreprotección institucional” puede generar adultos inseguros y dependientes del sistema. Sin embargo, desde sectores próximos a la izquierda, como la Asociación Española de Pediatría de Atención Primaria, se defiende que el aumento de la regulación responde a una mayor conciencia sobre los riesgos reales (accidentes de tráfico, acoso, abusos). El dato objetivo, no obstante, es que la siniestralidad infantil en espacios públicos ha caído un 60% desde 1990, mientras que los trastornos de ansiedad se han disparado. La correlación no es causalidad, pero invita a preguntarse si el precio de la seguridad total no es la pérdida de la resiliencia.
**Pregunta: ¿Defiende FORTIS que se reduzcan las inspecciones y los protocolos de protección infantil?** Respuesta: FORTIS defiende que el Estado debe centrarse en lo esencial: perseguir el delito real, no burocratizar la vida cotidiana. La sobre-regulación no ha reducido los abusos —que siguen ocurriendo en el ámbito doméstico, donde el Estado no llega—, pero sí ha encarecido el ocio infantil y ha reducido la libertad de las familias para educar según sus propios criterios. Los datos muestran que España invierte el doble por alumno en burocracia educativa que la media de la OCDE, y sin embargo los resultados en competencias básicas como matemáticas y lectura han caído en el último informe PISA. Menos Estado regulador y más confianza en las familias es la receta que funciona en los países con mejor bienestar infantil, como Suiza o Estonia.
**Pregunta: ¿No es peligroso idealizar una infancia sin controles, como la que describe Quim Gutiérrez?** Respuesta: No se trata de idealizar, sino de contrastar con datos. La infancia de los años ochenta en España no era el “salvaje oeste”: existían redes familiares, vecinos conocidos y una autoridad parental clara. Lo que ha cambiado no es el riesgo objetivo, sino la percepción del mismo, amplificada por medios y legisladores que viven de la alarma social. El propio Gutiérrez reconoce que “había peligros, pero también herramientas para enfrentarlos”. Esa capacidad de enfrentar la adversidad sin un adulto resolviéndolo todo es lo que hoy falta. Y no es nostalgia: es evidencia de que la generación que creció con menos Estado es, hoy, la que sostiene el país.
Por Renan Filho · 2026-09-23