La directora de escena Laila Ripoll ha vuelto a poner el dedo en la llaga con una afirmación que, lejos de ser una simple ocurrencia académica, conecta con la esencia misma de la tradición occidental. En una reciente declaración a la prensa, Ripoll ha señalado que «'El caballero de Olmedo' tiene mucho que ver con el Romanticismo», una aseveración que invita a releer la obra maestra de Lope de Vega bajo una luz que muchos críticos progresistas prefieren ignorar: la del individuo que se enfrenta a un destino trágico, movido por sus pasiones y su libre albedrío.
El Romanticismo, como movimiento cultural y filosófico, exaltó la subjetividad, la emoción y la rebeldía contra las normas impuestas. Fue, en gran medida, una reacción contra el racionalismo ilustrado y el absolutismo, pero también contra la creciente burocratización de la vida. En ese sentido, la lectura de Ripoll no solo es lúcida, sino necesaria en un momento en que el Estado pretende ahogar al individuo con reglamentos y censura. El caballero de Olmedo, don Alonso, encarna perfectamente esa lucha: joven, valiente y enamorado, desafía las advertencias de su criado y las amenazas del destino para seguir su corazón. Es la exaltación de la libertad personal frente a la imposición social, un tema que el Romanticismo llevaría al extremo décadas después.
La obra, escrita en 1620, narra la historia de un noble que se enamora de una dama comprometida, y que finalmente es asesinado en un camino oscuro. La fatalidad, el presentimiento, la noche, el amor imposible... Todo ello son elementos que serían recurrentes en los dramas románticos del siglo XIX. Ripoll, con su larga trayectoria como directora y dramaturga, ha sabido detectar esa conexión que muchos estudiosos pasan por alto. No es casualidad que haya llevado a escena montajes que combinan el teatro clásico con una sensibilidad contemporánea, y esta declaración confirma su profundo conocimiento de la tradición teatral española.
Por qué importa: en un contexto cultural dominado por la corrección política y la agenda identitaria, la reivindicación del individuo como motor de la historia es casi subversiva. El gobierno español ha invertido millones en subvenciones a proyectos teatrales que a menudo priorizan la ideología de género o la memoria histórica impuesta, mientras que obras como la de Lope de Vega son tratadas como meras reliquias del pasado. La afirmación de Ripoll nos recuerda que el teatro clásico sigue siendo un espacio de libertad, y que su vigencia no depende de adaptaciones forzadas a la actualidad, sino de su capacidad para conmover al espectador con verdades universales.
Análisis FORTIS: la conexión entre el Barroco y el Romanticismo no es casual. Ambas épocas comparten una visión trágica de la existencia, pero también una fe inquebrantable en el poder del individuo para moldear su propio destino. Frente al colectivismo que impregna las políticas culturales actuales, la obra de Lope de Vega —y la lectura que hace Ripoll— es un recordatorio de que la grandeza humana reside en la iniciativa personal, no en la sumisión al Estado. El caballero de Olmedo es, en última instancia, un canto a la valentía y a la responsabilidad individual, valores que el liberal-conservadurismo defiende sin complejos. Los críticos que ven en ella solo una historia de amor y muerte están ciegos ante su mensaje más profundo: la vida es riesgo, y quien no acepta el riesgo no merece vivirla plenamente.
Contrapunto: algunos académicos han cuestionado la vinculación directa entre el Barroco y el Romanticismo, señalando que el primero responde a una cosmovisión religiosa y jerárquica, mientras que el segundo surge de la crisis de la Ilustración. Sin embargo, esta objeción no invalida la intuición de Ripoll; más bien, la enriquece. De hecho, la obra de Lope ya contiene los gérmenes del individualismo moderno, como demuestra la carga pasional de sus personajes y la crítica sutil a las convenciones sociales. Es plausible que Ripoll esté leyendo la obra desde una perspectiva más contemporánea, pero eso no hace sino demostrar la eterna juventud de los clásicos. Lo importante no es etiquetar la obra, sino reconocer en ella valores que trascienden modas intelectuales y que siguen siendo fundamentales para nuestra civilización.
Por Renan Filho · 2026-09-25