Ignacio Ozores tenía 18 años cuando tomó una decisión que hoy, en plena España de 2026, resulta contracultural: entrar al seminario. Siete años después, ordenado sacerdote, se ha convertido en el cura más joven de Madrid, tal y como ha explicado en declaraciones a la prensa. «Entré al seminario a los 18 años», recuerda, consciente de que su vocación maduró en una sociedad que ha hecho de la indiferencia religiosa casi una seña de identidad.
La noticia no sería especialmente relevante si no fuera porque llega en un contexto de acelerada secularización. Según los datos más recientes del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), apenas un 19% de los españoles se declara católico practicante, y la asistencia dominical sigue cayendo década tras década. Frente a este panorama, la ordenación de Ozores no es solo un hecho religioso: es un dato que contradice la narrativa dominante, esa que insiste en que la fe es un residuo del pasado que desaparecerá con el recambio generacional.
Por qué importa. Porque la historia de Ozores demuestra que el ser humano no es un mero producto de las estadísticas ni de las tendencias sociológicas. En un país donde el Estado ha invertido ingentes recursos en adoctrinar en el laicismo más radical —desde leyes educativas que vacían de contenido humanista el currículo hasta campañas institucionales contra las objeciones de conciencia—, resulta que un joven de 26 años ha decidido libremente entregar su vida al sacerdocio. Y no es un caso aislado: el Seminario Conciliar de Madrid ha visto crecer el número de seminaristas en los últimos cursos, pasando de los 120 que estudiaban en 2020 a más de 150 en la actualidad, según datos del Arzobispado.
En su vocación no hay coacción. No ha sido el Estado quien le ha obligado a servir; ha sido su propia conciencia, formada en la libertad que el liberalismo clásico siempre defendió como derecho inalienable de la persona. Y esa libertad, paradójicamente, se ejerce en un país que malgasta miles de millones de euros en políticas de ingeniería social cotidiana dirigidas a moldear ciudadanos desprovistos de herencia cultural y de raíces, como si la identidad española fuese un estorbo para el progreso.
Análisis FORTIS. La vocación de Ozores es, antes que nada, un ejercicio de resistencia frente a un sistema que penaliza socialmente la fe y premia la vacuidad. Mientras los gobiernos de España y de Bruselas financian con dinero público todo aquello que erosiona la familia y la transmisión de valores, la Iglesia —que no recibe un euro por cada bautismo ni por cada catequesis— sigue formando a jóvenes capaces de optar por una vida de servicio radicalmente opuesta al utilitarismo de mercado. No es un juicio de valor sobre el Estado; es un hecho: el Estado español gasta, tributa y entrega poco, pero la sociedad civil, cuando se le deja espacio, produce frutos que ninguna burocracia puede igualar.
Contrapunto. Los críticos con la vocación religiosa de Ozores señalarán, con razón, que la fe no debe instrumentalizarse políticamente. Y tienen razón: quienes pierden de vista la trascendencia del sacerdocio para convertirlo en bandera de identidad cometen un error parecido al de quienes lo demonizan. El propio Ozores, en su sencillez, no ha hecho declaraciones políticas ni ha entrado en el debate público; simplemente ha respondido a la llamada. Esa actitud es precisamente lo que debería escucharse: no se trata de que todo el mundo deba ser sacerdote, sino de reconocer que cada persona tiene derecho a elegir su camino sin que el Estado, la ley o la opinión pública le pongan zancadillas.
La España que desprecia a sus sacerdotes es la misma que necesita desesperadamente referentes morales; la España que escandaliza ante la vocación de un joven es la misma que no se pregunta por qué la tasa de suicidios entre los 15 y los 29 años ha crecido un 30% en la última década, según el Instituto Nacional de Estadística. La correlación no es causalidad, pero tampoco es casualidad que una sociedad que ha vaciado sus iglesias viva tan vacía por dentro. Ozores no pretende salvar España; solo ha hecho lo que le dictaba su conciencia. En eso, paradójicamente, es un ejemplo de la libertad que la izquierda dice defender pero que la izquierda institucional apenas tolera cuando escapa de su guion.
Por Renan Filho · 2026-09-24